Comentario de la obra - Julia Elena Sagaseta - Directora del Instituto de Investigación en Teatro del Departamento de Artes Dramáticas (IUNA).

Esa extraña forma de pasión es una obra valiente. El teatro, arte vivo, en el que los hechos escénicos no son sólo contemplados por los espectadores sino también vividos con los actores, es un desafío para el tratamiento de ciertos temas. Susana Torres Molina se atreve a introducirse en una zona dolorosa, difícil, de nuestro pasado reciente y mostrarla en tres momentos diferentes. Esas instancias se presentan, escénicamente, en forma paralela y son todas situaciones extremas.

En una de ellas, dos integrantes de un movimiento guerrillero están acosados, escondiéndose, y por lo tanto, desconfiando de todo. El hombre se siente convencido de lo que hace, la mujer se encuentra llena de dudas y quiere apartarse. En otra situación paralela la escena es una oficina en un campo de concentración. Allí trabaja una prisionera de la que está enamorado uno de los oficiales y a la que pretende otro. La prisionera está en una doble trampa: la del campo y la de los afectos que suscita. La tercera situación transcurre en la actualidad: una escritora exitosa, ex prisionera de un campo, ex militante, recibe la visita de un joven hijo de padre desaparecido que la interroga de distintas manera. Algo básico lo mueve: ¿por qué esta mujer está viva y su padre no? ¿qué hizo ella que la salvó? ¿por qué su padre eligió esa experiencia sabiendo que él venía y no hizo lo posible para vivir con él? ¿qué era eso tan grande que lo movía?

El tema de la represión y los desaparecidos no ha sido planteado de esta manera en nuestro teatro. Torres Molina coloca la cuestión de la utopía y la forma de entender la reivindicación social en generaciones y tiempos distintos. El guerrillero escondido con la compañera de militancia desarrolla sus ideales y los defiende con firmeza cuando ella empieza a flaquear. No se trata de decir que es tarde, que ambos están en peligro, la defensa es más auténtica y profunda. La prisionera cae en algunas trampas y lucha como puede por su vida contra sus crueles guardianes. La escritora es cuestionada por el joven sobre su pasado y se defiende ¿alguien puede juzgar sobre el dolor y el sufrimiento?

En una puesta minimalista, Susana Torres Molina ha hecho una excelente dirección de actores en una propuesta que exige adentrarse y distanciarse de los personajes. Cuando se realiza una escena los otros actores observan y esto puede crear diferentes relatos: ¿cuando la escritora mira a la cautiva o a la joven guerrillera que quiere irse es a ella en el pasado a quien está contemplando? ¿cuando los represores se paran junto a la pareja que se esconde son los actores deteniendo su labor o los militares prontos a entrar y apresarlos?

Los intérpretes se adentran en la propuesta y realizan una actuación muy lograda.

A más de treinta años de los acontecimientos es bueno que la escena discuta estos hechos y en la desangelada época posmoderna es acertado también que se recorra un momento en el que, aún con errores, se creía en las utopías.

Julia Elena Sagaseta.

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